
Rildson y yo somos amigos desde hace trece años, es decir, desde que llegó a Italia desde Brasil para enseñar y difundir la capoeira brasileña.
Es una persona muy alegre y bromista, que no consigue estarse quieta y no puede evitar inventarse siempre algo original. Tiene muchísimos talentos: de las artes marciales a la música, la escritura y así sucesivamente…
Desde hace algunos años lleva adelante un proyecto de escultura, siempre ligado a su tierra, pero también a todas sus pasiones.
Con alambre de hierro, oxidado o no — el material más humilde que ha encontrado, obviamente reciclado —, narra la esclavitud, la música, la lucha, los sueños, el juego, pero también el mundo y la conciencia social.
Pasa muchas horas dando vida a sus estatuas: algunas están pensadas para los adultos, otras para los niños, algunas para los poetas y otras para los enamorados.
Decidimos fotografiarlas en el lugar que Rildson más ama: el mar, que también da sentido al óxido de sus alambres.
Aunque es un lugar mágico, rico en matices y colores, no es nada fácil mantener las esculturas en pie.
Por este motivo tuvimos que sumergirnos hasta la cintura en el “fresco” mar invernal.
Obviamente no bastó: tuvimos que encontrar también otras soluciones, bajo las miradas asombradas de los transeúntes curiosos.
Rellenamos las bases con piedras recogidas del fondo marino y, en cada foto, luchamos contra las olas para mantener el equilibrio de las estatuas.
Tras un atardecer pasado luchando con la naturaleza, conseguimos llevarnos a casa algunas fotos.
















